Me perdonarán aquellos que no tienen cuenta en Facebook, los que desprecian Facebook o a quienes simplemente les importa un bledo Facebook, pero mis reflexiones nacen luego de ver el despliegue más espontáneo de homenajes que haya visto desde hace tiempo, realizado por personas de distintas edades y realidades que han usado esa red social para expresar a los habitantes de sus pequeños mundos su admiración por MARIO BENEDETTI. El uruguayo separó su espíritu del cuerpo hace algunas unas horas, pero las marcas que dejó con sus obras, parecieran ser un tatuaje imborrable que se muestra emocionado, pero decidido. Estos amigos han expresado que desean hacer público su arrobo, pública su gratitud, públicas las huellas que las letras pueden dejar en el alma de las personas.
Es indudable que para la mayoría son sus poesías las que se instalan en las primeras capas del recuerdo, pero más allá de la lectura directa de sus poemarios, cómo olvidar, por ejemplo, la incorporación que el realizador argentino Eliseo Subiela hizo de sus versos y los de Oliverio Girondo y Juan Gelman al texto de su película "El Lado oscuro del corazón" (1992), donde Benedetti incluso hace un pequeño rol, el de un marinero que recita en alemán los versos de "Corazón Coraza" a las señoritas en los bares ("Weil ich dich habe und nicht habe...").
Es cierto que las alarmas como que ya no nos sorprenden. Suenan todos los días y a cada rato. Ayer mientras trabajaba en casa, una de ellas hacía de música de fondo cuando de pronto dos hechos hiceron click en mi cabeza pelada: Pasos sobre el techo y Fioruchi, la perra guardián que dejó de ladrar. Si los pasos en el tejado hubieran sido los de un gato, la can no habría dejado de "vociferarle" cosas. Su silencio era evidente y la alarma sonando a lo lejos le daba a mi tarde de inspiración un sentido claro: sobre mi cabeza no había un gato. Antes de saber si el malandrín estaba armado, llamé al 133 (obvio), cerré las puertas, junté dos tubos de mi aspiradora (lo primero que encontré) y salí... sí, armado con los tubos de la aspiradora. Al salir, los vecinos estaban saliendo a la calle también. Las damas se veían nerviosas; los caballeros, provistos de palos de diversos diseños: los había rústicos (arrancados directamente de algún árbol) y otros más pulidos, con un sospechoso pasado de escoba. Me gustó más mi estilo metálico.
Luego constaté que la alarma era de la de una casa cercana en cuyo techo se apreciaba un delicado trabajo: en un metro cuadrado se le habían sacado las tejas para ingresar a la vivienda desde arriba. Al sonar la chicharra, el sospechoso (palabra muy utilizada ayer), debió escapar por las techumbres, incluida la mía. Empecé a observar las demás casas cuando lo vi. Era sólo un adolescente que intentaba su fuga hacia la libertad... pero no se atrevía a saltar por lo alto del muro (en verdad es alto, pero me decepcionó un poco el ver un ladrón tan fifí). Yo y otro señor entramos a aquella casa sin saber en verdad si el intruso estaba armado o no (giles), pero igual procedimos al "arresto" y se lo entregamos a la policía que ya había llegado.
Entre vecinos molestos, palos que iban y palos que venían a la humanidad del violador de moradas, me preocupaba saber si el ladrón era un solitario como el de La Pantera Rosa o si tenía compañía como el Chómpiras, el Peterete y el Cuajinais. Fue interesante entonces, darme cuenta del pensamiento político de mis vecinos, muchos de los cuales ni conocía: mientras algunos se lamentaban de ver carabineros en el lugar, porque así no podrían sacarle la cresta ellos mismos, otros decían lisa y llanamente querer matarlo. Venganza popular y pena de muerte sobre la mesa. ¡Diablos! De pronto vi antorchas dispuestas a quemar al brujo. Los policías se lamentaban de arrestar al mismo tipo que habían tomado ayer (no es broma) y aparacía otro grupo de vecinos quejándose que la justicia es muy blanda. Otros, los menos, lo miraban con pena, pensando quizás en la falta de oportunidades del muchacho, lo que no es menos cierto.
Presentación de la francesa Coralie Clément realizada el sábado 4 de abril de 2009 en el Centro Cultural Amanda en Santiago, Chile.
Sin lucir raros peinados nuevos de chica-“artista”, sino un ondulado pelo largo castaño de chica-normal, además de su pantaloncillo rojo (¡diablos!) sobre medias negras, botas negras puntiagudas y una blusa también oscura, ella se apoderó de todo: del escenario, de las miradas y de mi maxilar inferior, incapaz el muy tonto de volver a su posición habitual que te hace mantener la boca cerrada.
Coralie Clément vino a América en plan de promoción de su tercer disco “Toystore”, que tiene como constante la utilización de instrumentos sencillos, como de “juguete”: melódica, metalófono, trompeta de bolsillo, flauta o el ukelele, entre otros. Comenzó todo con “L’effet jokari” (El efecto jokari), la canción que abre su último álbum y le siguió un repertorio tal y como yo lo esperaba.
... El paseo de actores de televisión, animadores y mucho jet set criollo con residencia en “el sector” y estudios en colegios de “la zona”, pues era evidente. Se supone entonces que el producto de la mejor educación del país es el que estaba presente en el lugar. Sin embargo, no encuentro otra palabra que “vergüenza” ante el hecho de tener que hacer callar a la mitad de las personas que simplemente no dejó de hablar a gritos, como si la música interrumpiera su animada conversación; como si se encontraran en un cóctel y la voz de Coralie Clément saliera de una grabación. Tener que hacer callar a lo más granado de nuestra sociedad para poder escuchar a una artista por la que se pagó una entrada, es una falta de respeto y educación enorme. Permítanme la onomatopeya, pero es que al tercer “shhhhhhh” de los que estábamos escuchando un concierto en vivo, hasta la propia cantante puso cara de impresión e incomodidad por lo que sucedía. Vergonzoso. Por suerte ella logró sustraerse a los tontos ilustrados, volvió a sonreír, volvió a impostar esa voz susurrada que provoca cosas y los interesados volvimos a disfrutar de un repertorio de canciones bellas... (Denis Leyton)
"Che Copete y Pamela Díaz recorriendo Chile en su carpa; a Dinamita Show reuniéndose eternamente; a Yingo exponiendo su danza; la Kmazú desplazando a la Estación Mapocho como epicentro de la cultura..."
Ubiquémonos por un instante en el Festival de la Canción de Viña
del Mar recién pasado y una situación improbable: las antorchas y las
gaviotas son otorgadas por un jurado especializado y no por el público.
Por lejos, creo que le habrían dado no sólo una antorcha a Joan Manuel
Serrat como lo hicieron los espectadores de la arena viñamarina, sino
dos... y un par de gaviotas también. ¿Por afinidad política se
preguntarán algunos? No: Por la forma de unir la poesía y la música, en
una propuesta que ha sido destacada durante décadas. ¿Y a Leonardo
Farkas? Es posible que el jurado lo hubiera declarado inadmisible,
en oposición a la antorcha con que el pueblo premió al blondo y
enrulado personaje, agradecidos por sus billetes regalados en la calle,
por los helados obsequiados en la playa, los sándwiches canjeados por
los asistentes al Festival y por su "simpatía"... aunque cante horrible
y su propuesta sea más bien patética. Pero claro, es sólo un ejercicio,
porque en dicho certamen rigen otras leyes, otros códigos, donde lo que
el público premia son cosas anexas a lo estrictamente artístico.
El "artista" que premia la gente allí, es el "que se debe su público", el que encuentra que "las mujeres chilenas son las más hermosas", aquel que si tuviera un hijo "le pondría Chile".
Ese público necesita adular y ser adulado. Para un jurado de arte, un
"artista" es alguien que vive de su oficio, de su talento, de su
técnica adaptada a una disciplina en la cual expresa emociones y
mensajes que se transforman, en el conjunto, en la expresión de los
pueblos, como ha ocurrido desde tiempos inmemoriales. A veces ambos
jurados, público y especialistas, van de la mano. Otras, es necesaria
una opinión opuesta, pues de lo contrario las manifestaciones dadas a
conocer serían sólo aquellas rentables y no las que expresan un
lenguaje o una propuesta novedosa, alternativa o rupturista.
Los Fondos de Cultura que entrega el gobierno a través del Ministerio
de Cultura, permiten que cada año cineastas, pintores, compañías de
teatro, artesanos y otros exponentes del arte, puedan realizar sus
obras. Es verdad que han existido muchas críticas sobre su
funcionamiento, en especial, por la forma engorrosa de hacer las
postulaciones (yo he sido uno de sus principales críticos), y en sus
primeros años, por la dudosa manera en que los mismos nombres de
siempre obtenían premios año tras año. Sin embargo, la
profesionalización del sistema ha otorgado con el tiempo mayor
transparencia al proceso y las quejas, naturales, corren por cuenta de
quienes encuentran todo turbio cuando pierden, y guardan silencio
cuando ganan. Eso ocurre en todos los ámbitos de la vida: cuando nos
otorgan o rechazan un crédito; cuando nos aceptan o no en un trabajo; o
cuando alcanzamos o no a comprar entradas para el evento del año. Pero
algo está claro: si no fuera por estos fondos, todo quedaría en manos
de la necesaria autogestión de recursos, lo que a priori es lo que
corresponde, pero donde el dinero privado se centraría sólo en aquellos
proyectos que puedan generar inmediatas ganancias, sobretodo de imagen.
Me parece válido, pero, ¿y las otras expresiones menos "taquilleras"?,
¿todo debemos regirlo por número de consumidores, incluso, una obra de
arte? Ahí aparece el Estado para equilibrar esta desigualdad del
mercado que mide sólo la instantaneidad, el rédito inmediato. Ceñir la
expresión cultural a ello, es despreciar el aporte de una obra en el
tiempo, de su valor en sí misma. Vincent van Gogh, el gran pintor holandés, vivió en la miseria más absoluta y sólo gracias a la ayuda económica de su hermano Theo
pudo insistir en sus creaciones, las mismas que el mercado no supo
apreciar en su momento. Quizás unos fondos de cultura habrían ayudado a
darle dignidad a ese artista en vida. Ahí está el gran fondo de los Fondos.
A propósito de las tantas invitaciones que me han hecho para formar parte de grupos que
defienden "la honra de la patria" en facebook y otras redes, por personas que olvidaron todo lo que
ha enseñado la historia acerca de las guerras, ese monstruo grande que
pisa fuerte, ese que divide a las familias, que produce miseria y
rencor... pues sólo me queda decir lo siguiente:
Propongo encerrar a los nacionalistas de Chile y Perú en un gran
estadio, uno bien gigante y con las puertas bien cerradas con candado, para que se
muestren las uñas, se agarren a combos, se exiten con la sangre y
desempolven todo "su amor a la patria" hasta que se maten... en serio,
hasta que se maten. Incluso sugiero la utilización de armas primitivas,
tipo Mel Gibson en "Corazón Valiente", para que demuestren ¡todo su
"honor" en el campo de batalla!
Mientras tanto afuera, junto a toda esa frontera que nos une,
con toda la armonía y tranquilidad del mundo, propongo que nos reunamos la inmensa mayoría
silenciosa conformada por vecinos de toda una vida para
arreglar las diferencias conversando como la gente civilizada, con un
vinito, con un ceviche, unas empanadas caldúas, un sour del
lado que sea y jugando una pichanga revuelta mientras se prende el
carbón... y suspiro limeño y mote con huesillos de postre. No hay nada
más que decir al respecto.
Las artes amatorias siempre serán lo mejor para sacarse la calentura.
Den Brysomme Mannen o El hombre Inoportuno (2006), película del noruego Jens Lien, con Trond Fausa Aurvåg, Petronella Barker y Birgitte Larsen. Se le conoce también como "The Bothersome Man" o "El Inadaptado".
No sé cuándo cambió todo, pero para nadie resulta una sorpresa que los tomates ya no sean grandes ni jugosos, ni sabrosos ni aromáticos “como los de antes”. O que el pan del supermercado no sea tan rico y crujiente como el de las panaderías de barrio. “Algo ocurrió”.
ANDREAS (Trond Fausa Aurvåg... ¡extraordinario actor!), un tipo cuarentón sin pasado, llega a un inhóspito lugar a bordo de un bus del cual es su único pasajero. La situación es extraña: no sabe por qué está allí, pero es recibido con un cartel que dice “Bienvenido” por un hombre que luego lo conduce a una ciudad desconocida, a su nuevo hogar. Andreas de pronto es instalado en una vida con todas sus necesidades cubiertas: casa, auto, trabajo, dinero en efectivo “mientras abres tu cuenta corriente” y, muy pronto, una chica. La ciudad que habita es una comunidad muy organizada, una curiosa mezcla entre la uniformidad formal y gris de las sociedades de la “cortina de hierro” y la uniformidad de la producción en serie de las sociedades de consumo.
Pero lo que está a punto de provocar un conflicto entre Andreas y las autoridades, es su encuentro en el baño de un bar con un “rebelde”. La estructura de las novelas y películas que critican la distopía (“Brazil”, “Fahrenheit 451”, “Orwell 1984”, “Un Mundo Feliz”, “Logan’s Run”, “Blade Runner” y otras), debe contener siempre la necesaria existencia de quienes disienten, de los que dudan, de aquellos que no están de acuerdo... como en la vida. En este caso, el extraño personaje del baño hace referencia a un sentido humano que desencadenará todos los problemas: el sabor del chocolate caliente. Es que el chocolate caliente ya no tiene sabor. Es más: todo sabe a nada. Y cuando en casa Andreas comprueba lo desabrido de su alimento, comienza a atar cabos...
Melody, película británica protagonizada por Tracy Hyde, Mark Lester y Jack Wild, con guión de Alan Parker.
“Melody” (1971) es otra película que conocí gracias a la televisión. La exhibieron un par de veces y se perdió en el recuerdo de una generación completa, en el mundo entero. Hasta que internet la recuperó. Muchos en el planeta encontramos en Yahoo o en Google una oportunidad para rescatar nuestro propio pasado histórico y darlo a conocer, como el caso de esta película. Nos descubrimos, encontramos que éramos muchos los que compartíamos un íntimo secreto (en Japón la cosa es locura), que quizás formábamos una especie de seres freaks, extraños, impopulares, pero que no estábamos solos.
¿El secreto? Que desde niños no era ni Kelly Le Brock y su hermoso rostro, ni sus hermosas curvas, ni Olivia Newton John, ni Debra Winger, las que nos habían robado el corazón. Cual nerds, ocultamos la identidad de quién era la que en verdad amábamos en ese momento con todo nuestro romántico y púber ser, para que no nos molestaran, para que no nos cargaran, para que no nos jodieran. Se trataba de una niña de 10 años, de un personaje, de un ideal: MELODY PERKINS (Tracy Hyde).
Para entender esta película (y amarla) es necesario transportarnos a la edad de sus personajes: 10 a 12 años.“Melody” narra la historia de DANIEL LATIMER (Mark Lester), un niño bien que ha ingresado a una escuela pública, un liceo, y en donde afronta el umbral de dos nuevos mundos: la aceptación del grupo de hombres, y la aceptación de la chica que le gusta. Durante el primer acto, junto con exponer conflictos, espacios y personajes, director y guionista enfocan el problema en Daniel y la relación con su amigo ORNSHAW (Jack Wild), un chico-pobre y defensor acérrimo del club de Tobi. Es él quien integra a Daniel, por lo que la necesidad del chico-rico por retribuir esa amistad, es permanente, entonces...
LADYHAWKE o EL HECHIZO DEL ÁGUILA (http://tinyurl.com/642e7d)
RICHARD DONNER debe ser uno de los directores más prolíficos de la escena cinematográfica mundial de los últimos 30 años. Sólo basta echar una mirada a su basta filmografía para encontrarnos con títulos tan notables como “La Profecía” (1976); “Superman” (1978); la mágica historia adolescente de Steven Spielberg, con guión de Chris Columbus, “Los Goonies” (1985); o la saga “Arma Mortal” (1987, 1989, 1992, 1998). Pero además, y para alegría de los amantes de la cultura pop, dirigió capítulos de clásicas series de televisión como “Dimensión desconocida” (1959); “Combate” (1962); “El Fugitivo” (1963); “El agente de CIPOL” (1964); “La isla de Guilligan” (1964); “Jim West” y “El súper agente 86” (1965); “Cannon” (1971); “Las calles de San Francisco” (1972); “Kojak” (1973); “El hombre nuclear” (1974); y “Cuentos de la cripta” (1989). Sin embargo, es esta película de 1985 la que forma parte de mi videoteca fundamental. “LADYHAWKE”, o “El hechizo del águila”, la protagonizan Michelle Pfeiffer y el holandés Rutger Hauer, el mismo que personificó al replicante Roy Batty en “Blade Runner”. Pero es un joven Matthew Broderick el que encabeza los créditos, amparado por la creciente fama de la que gozaba en la época, luego de transformarse en un fenómeno mediático tras su papel en “Juegos de Guerra”. Pero, ¿qué méritos tiene una película con pésimos efectos especiales y una música más adecuada para una serie de monitos japoneses.
La historia se presenta en un hermoso escenario medieval, Aquila, donde el malévolo OBISPO (John Wood), cegado por los celos y “apelando a los poderes del mal”, hace un trato con el demonio, logrando que “los oscuros poderes del infierno” echen una maldición encima de dos jóvenes amantes, ISABEAU D’ANJOU (Pfeiffer), a quien el religioso ama con locura, y el capitán ETIENNE NAVARRE (Hauer). Si ella no le pertenecía, no le pertenecería a nadie, sentenció. Durante el día ella es una halcón, volviendo a su forma de mujer en la noche; por el contrario, él es hombre de día y un lobo de noche. Isabeau y Navarre han sido condenados a no verse jamás, a no poder compartir su amor más que apenas unos segundos al amanecer y otros al atardecer, pero insuficientes para poder tocarse y suficientes para acrecentar su impotencia y dolor...
Impresiones sobre el concierto de Salif Keita efectuado el 21 de enero de 2009 en Santiago, Chile.
La sensación de pisar el prado del Parque Araucano fue divertida. Fue como haber vuelto al día siguiente de la presentación de Goran Bregović. Como que no había pasado todo un año en medio de ambas fechas… ¡Eso! Como que los aires estivales hacen de Santiago una ciudad tan bella, que los buenos momentos se quedan pegados en la memoria con su propio calendario. Eso es lo primero. Que ver un concierto a pata pelá echado en el pasto hasta altas horas de la noche es maravillosamente agradable. Si tan sólo la foto de Spencer Tunick hubiese sido en enero, en un lugar como ese y con una temperatura similar... “Santiago a Mil”, el carnaval cultural que cada verano llena las salas y los espacios públicos de la capital de Chile con teatro, danza y música, nos regaló ahora la presencia de SALIF KEITA, un gran maestro de música nacido en Mali que brindó un espectáculo por el que yo pagaría a ojos cerrados... claro, con los valores que se cobran en Chile es posible que pronto los tuviera que abrir. Conciertos gratuitos como este me parecen un regalo casi inmerecido, al menos para mí.
A diferencia de lo que la prensa “especializada” de espectáculos anunciaba, más que una fiesta para bailar (que también lo fue), se trató de una clase magistral de música. Y en esta “clase”, el “auditórium” presenció temáticas tales como “¿es posible componer una canción con dos acordes y tocarla por casi 10 minutos, haciéndola parecer una danza de variaciones interminablemente creativas?”. Sí, es posible...
La alemana pasea su música ante espectadores formados en un ambiente de respeto y aprecio por las expresiones artísticas; la chilena tiene que vérselas muchas veces con personajes mal educados (flaites con cartón) que no paran de hablar e interrumpir mientras canta. La rubia trabaja con una infraestructura de primer mundo en todos los escenarios en que actúa; la morena debe darse vueltas en pequeños escenarios, incómodos la mayoría, pero llena de energía para tocar.
La europea tiene un público objetivo de casi 100 millones de germano-hablantes; la chilena, más de 400 millones de personas divididas por sus cerrados mercados artísticos de países que no aceptan el acento distinto de sus vecinos, sin olvidar a un gran porcentaje de seres que tiene la cabeza puesta en Estados Unidos más que en su propia cultura hispano-parlante. Sin embargo, a pesar de estas circunstancias tan desiguales, ambas imponen sus repertorios con seguridad, creatividad y muchísima dulzura. Al pulsar play sólo te dejas llevar por buenas canciones. En ese “escenario”, ambas “compiten” con igualdad...
Sofia Talvik.
Cuando la industria discográfica busca en todo el mundo poner
restricciones en relación al uso de internet y nuevas tecnologías,
asoman músicos que, tan usuarios que son de estos artilugios como
nosotros, se entregan voluntariamente a sus fanáticos para ser
capturados por esta red de fuerzas creativas y auditoras que se unen
con toda naturalidad. A esta sueca la conocí de casualidad en redes
sociales de música como Last FM, iLike y MySpace, lugares donde se mueve con una estrategia simple y libre: regalar canciones.
“Free mp3” o “descarga gratuita” dicen los enlaces, y de
pronto su voz hermosa se ve envuelta en una relación cercana con mi
reproductor. Se buscan, se entienden, se gustan...
La Monine. Karen González, su verdadero nombre, presenta su perfil en MySpace como “canción popular melodramática”,
y creo que pocas personas saben definirse mejor que ella en unas
cuantas palabras. La Monine (no tentarse con una pronunciación
afrancesada, articúlese en español con la “ene” y la “e” al final),
pareciera ser una chica intensamente emocional, alguien que siente
profundamente y que, por lo tanto, cuando le duele algo, le duele mucho.
Hasta ahora es lo que podría llamarse una artista experimental, una
músico (¿está bien dicho “una música” así como decimos “un músico”?)
que juega con los sonidos, dando vida a un repertorio electrónico con
una fuerte influencia del folclor (¡creo que así compondría Violeta
Parra hoy!), además de una búsqueda visual bastante atractiva...
Se ha repetido hasta el cansancio que en la filmografía de WERNER HERZOG, la búsqueda del objetivo corre siempre por cuenta de personajes extraños, extravagantes o directamente chiflados. Eso que pareciera ser una característica cualitativa, hace hervir la sangre de los que observan la vida y el arte tras un prisma conservador. Pero en “Encounters at the end of the World” (Encuentros en el fin del mundo – 2007), es “su” personaje, el del realizador de documentales que narra sus propios puntos de vista, quien va adquiriendo esa agradable característica de polemizar simplemente por decir “su” verdad.
“La National Science Foundation me invitó a la Antártica, pese a que dejé claro que NO haría otra película sobre pingüinos… les dije que mi curiosidad por la naturaleza era otra”. Así es como define su visión en la narración de este documental, poniendo en entredicho a los mismos que financiaron su viaje y parte de la película. Y de paso, dándole una pequeña patada en el suelo a Luc Jacquet y su “Marcha de los Pingüinos” (La Marche de l’empereur - 2005), ese sensacional trabajo de producción echado a perder con una narración insoportable...
... Pero Herzog no demora en descubrir lo suyo. Pasamos violentamente de un solo gran personaje en “Grizzly Man”, a muchos seres especiales en “Encounters at the end of the World”. Profesionales universitarios, seguidores del new age o un ex prófugo de la cortina de hierro. De pronto los choferes, operadores de grúas, científicos y busos van develando un común denominador en sus vidas de cinco meses sin noche: el viaje, la vida errante, la búsqueda permanente.
SCOTT ROWLAND, el conductor del bus que transportó al equipo desde el avión a la base, era un banquero en Colorado que antes de llegar al continente antártico se unió a las fuerzas de paz en Guatemala; STEFAN PASHOV, el operador de una pala mecánica, es un filósofo marcado por los relatos de Ulises y los Argonautas que le leía su abuela de pequeño; RYAN A. EVANS, un cocinero de la base, es cineasta; DAVID PACHECO, un plomero con sangre apache, se muestra orgulloso de sus manos inmensas que, según le dijeron, son típicas de las familias reales incas y aztecas; KAREN JOYCE, una “viajera” que trabaja en computación, comenzó sus travesías viajando en un camión de basura desde Londres hasta Kenia, escapando de militares, elefantes y moscas tse tse antes de recalar en McMurdo; o WILLIAM JIRZA, un lingüista que trabaja como experto computacional, que opina que “todos los que no tienen ataduras terminan en el culo del mundo”, como todos los que llegaron a ese sitio. La búsqueda de un lugar que acoja su manera de ser diferente, el viaje hacia una aventura desconocida hacia el interior de ellos mismos, se repite como motivación en todos ellos...
Hasta
el verano de 1982, el autor de este álbum era un músico al que sólo
había visto un par de veces en televisión y del que reconocía por lo
menos tres canciones: "Reencarnación", una hermosa composición que sacó el segundo lugar en "Chilenazo",
un programa de canciones folclóricas del canal de la Universidad de
Chile (hoy esa estación es privada, se llama Chilevisión y se
especializa en farándula). Esta canción "folclórica" había llamado mi
atención de infante por ser tan distinta de lo que enseñaban en el
colegio, como "cantarito de greda de Peñaflor, tu agüita es clara y pura como mi amor".
Con los años descubrí además que incluía armonías y acordes
despreciados por un folclor tradicional que no escapa aún a sus simples
estructuras, algo que se encargó de romper Violeta Parra, la rockera
del folclor, y que huasos de espuelas de plata y trajes millonarios se
esmeran en ignorar.
La
segunda era todo lo contrario: una adaptación en español de una canción
que ya había escuchado en la radio y visto en "The Midnight Special" y
"Solid Gold". Se trataba de "Canción Lógica (The Logical Song)" de Super Tramp,
que no formaría parte de los futuros discos de Andrade,
con aquellos primeros versos que aún suenan en mi cabeza: "Joven aún mi vida se presentaba ya / fantástica/ oh, magnífica, mágica"... o algo así.
Finalmente, la tercera canción sí había logrado ganar el mencionado
"Chilenazo", transformándose ya en un llamado de atención para mi
precoz cabeza crítica de once años, siendo quizás la obra que despertó
no sólo mi interés musical y artístico, sino además las alarmas de que
el mundo era algo más que los metros cuadrados de la casa, del
calorcito hogareño y los amigos del barrio. "Noticiero Crónico"
fue la primera "canción con contenido" que escuché en mi vida. Por
tratarse del "informativo más completo que haya llegado hasta su casa",
su letra estaba cargada de coyunturas y hechos que yo ya podía
reconocer, como el atentado a Juan Pablo II, palabras como "terrorista"
o frases del estilo "alza del pan". Además descubría por primera vez (o
era primera vez que un artista lo hacía con gracia), la potencia de la
ironía como medio expresivo. Se trataba de una canción que empezaba a
sonar en las radios en medio de baladas insoportables, con un ritmo
"distinto", un sonido extraño y una forma claramente inusual, el relato
cantado bajo la figura de un informativo de televisión.
Siempre quise verlo. Lo busqué por años y nunca pude dar con él. Hasta que mucho tiempo después lo encontré. Dura 5 minutos y medio. Todo comienza con los sones de “I can’t get started”, de Bunny Berigan y su Orquesta (1939). Se ven detalles de un baño que destaca por lo limpio y reluciente, pero sobre todo por su blancura, atribuida por Scorsese en los créditos a Herman Melville, autor de "Moby Dick", la ballena blanca. Una gran cantidad de planos describe el espacio. De pronto entra un hombre joven, normal y bien parecido, que comienza el ritual de afeitarse. Abre la llave del agua, se pone crema en la cara y prepara su máquina provista de una “gillette”. Y comienza. Y se afeita. Y se pone más crema. Y sigue… mmm… ¿adónde conduce este relato?... ya estamos en la mitad de la película… Hasta que un detalle lo cambia todo.
Se ve una pequeña gota de sangre en su cara. Y otra. El lavatorio recibe las primeras manchas rojas en su superficie. El hombre se corta en distintos lados de su rostro, ¡su cara entera está ensangrentada!… pero él sigue afeitándose, como si nada, como si el dolor y la sangre en sí misma no significaran nada...
"Que viva la ciencia, que viva la poesía". Son los versos que dan inicio a "Guitarra y vos", una de las canciones más perfectas que se ha compuesto nunca. En ellos el uruguayo Jorge Drexler, músico y médico otorrinolaringólogo, unió dos mundos que parecieran caminar por veredas tan opuestas, pero que de una u otra forma se complementan muy bien. Es que se trata de la vida misma: "Es cierto que no hay arte sin emoción, y que no hay precisión sin artesanía, como tampoco hay guitarras sin tecnología..."
Recordé esos versos esta mañana cuando me enteré de la muerte hace un par de días de MICHAEL CRICHTON, un médico estadounidense que en un momento determinado de su vida vio en la literatura de ficción la forma de expresar por otros canales su cercanía con la ciencia.
Pero no voy a hacer un artículo sobre su vida o una defensa de su obra, sino sólo un acercamiento a tres momentos fundamentales que me llamaron la atención. Primero fue su intento junto a STEVEN SPIELBERG, de llevar al cine una historia sobre una sala de urgencias de un hospital en Chicago. Mientras le daban vueltas a la idea, y sin encontrar aún la forma narrativa adecuada, Spielberg le preguntó en qué otra cosa estaba trabajando. Crichton estaba reticente a contárselo, pero finalmente accedió: le dijo que estaba escribiendo una novela sobre un parque temático en una isla cuyas atracciones eran dinosaurios creados a partir del ADN extraído de un mosquito fosilizado. El director se emocionó y prácticamente dejó de lado su idea de la película sobre los doctores. Así es. Dos hechos fundamentales de la historia de la televisión y el cine tuvieron una génesis asociada tanto a Michael Crichton, el ideólogo, científico y escritor, como a Steven Spielberg, el mago, creador y productor. "Jurassic Park (Parque Jurásico)" vio la luz como una novela científica, con tintes de ciencia ficción, que critica el doble estándar de científicos que se dedican a la investigación genética, pero que también comercian con la biotecnología, y cómo se pasó de un acto meramente científico como descifrar el genoma humano en 1953 a "una vasta empresa comercial que entrañaba muchos miles de millones de dólares", mostrando toda la pérdida de escrúpulos cuando la ciencia se une con la política y los negocios.
A propósito de lo que todo el mundo habla hoy, el jueves 24 de julio de 2008 asistí en Alemania a la masiva concentración donde habló Barack Obama al mundo. Como había muchísima gente en la straße des 17. juni que cruza el Tiergarden, y las pantallas gigantes no eran muchas para 200.000 personas, me decidí sólo a escuchar sus palabras mientras buscaba las mejores imágenes.
El tipo habla maravillosamente bien, pero su discurso cargado a Irak, Afganistán y lo mismo de los últimos años (como queriendo congraciarse con los republicanos), me decepcionó un poco. De una u otra forma, esta fue la gran fiesta callejera del verano en reemplazo de una Love Parade que fue movida a Dortmund.
Hace unos días escribí en mi "estado" de Facebook "alistándome para destruir Jalogüin... ¡atrévanse a pedirme un candy!". Como siempre, algunos respondieron a la “provocación” con chistes y
otros con una defensa emocional supuestamente incuestionable: los
niños. Pues bien, rescato lo que mi amiga Alejandra Parra me respondió: “Mis hijas tienen 9 y 10, no existe jalogüin para ellas y no tienen ningún trauma. El cuento está en saber cuál va a ser el motivo de no adoptar esta "fiestita" y explicárselos. Si ellos ven que uno actúa de acuerdo a eso, no les pasa nada.
Nosotras vamos ese día como a las 20:30 al cine; luego comemos algo... leer más y compartir, eso para ellas es más emocionante”.
Pienso que el origen de Halloween en la cultura Celta está lleno de símbolos humanos, pero que la montaña de regalos, dulces y disfraces se encarga de tapar. Yo no busco el fracaso de los comerciantes, pero sí me gustaría una sociedad que se hiciera cargo de equilibrar las cosas. Los canales de TV, por ejemplo, en sus aburridas entregas de días feriados, sólo han hecho una defensa de esta “fiesta impuesta” con sus clásicas e insoportables entrevistas a niños, vendedores satisfechos y organizadores de fiestas juveniles millonarias. Al menos en Navidad, donde también los símbolos escapan al origen de la festividad, existe "algo" del espíritu motivacional que logra equilibrar la gran mole comercial que nos aplasta... y, por lo menos, se habla en el ambiente del nacimiento de un tal Jesús en medio de los nintendos, el celular nuevo, perfumes caros y la ropa de moda… ¿hay algo más absurdo que Santa Claus trabajando en el hemisferio sur con un abrigado traje rojo… en pleno verano?
Si
hay un músico que a través de su obra me sacó de los esquemas rígidos a
los que mi trabajo y mi pasado musical me tenían acostumbrado y
amarrado, ese es Subhira… o simplemente Rodrigo
Cepeda. Su primer álbum marcó tan profundamente mi sensibilidad, que
fue uno de los pocos sonidos que acompañaron mi viaje a las tinieblas
musicales en las que vagué durante buena parte de los ’90 y el inicio
del nuevo siglo, sin encontrar nada que me identificara y me
reencantara.
El
piano que evoca las travesías de este músico por los parajes del sur de
Chile y de otras circunstancias de su vida de las que fui testigo en
una pequeña parte (“Cahuelmó”, 1995), es tal vez tan
provocador como propuestas más ruidosas o “comerciales” que inundan
nuestros oídos, incluso en la escena indie, porque bordea la melancolía y la belleza, en un juego al límite entre la tristeza y el goce. “Cahuelmó”, “Sofía”, “Seng Po” y “Asturias”, por ejemplo, son encantadoras y nostálgicas a la vez, llenando espacios, desenterrando recuerdos y creando imágenes.
... en
Frankfurt, en medio de conversaciones sobre la escena musical chilena,
los fondos concursables, los proyectos audiovisuales y las chicas como
motor de inspiración, escuché por primera vez completo su último
proyecto, “Transubhiriano” (2007), un disco doble (¡de hermoso diseño!), en que su trabajo se acerca al trance musical y la meditación bailable, por llamarlo de alguna manera.
Llevaba un excelente mapa conmigo, pero salir a conocer la capital de España sin saber que no existen postes con nombres de las calles es aterrador y hostil. No pensé en la Madre Patria, si no en la Puta Madre Patria que la parió. ¿Primer mundo dicen? Mi paciencia de descubridor se acababa. Me aprestaba a asumir la derrota y... "preguntar", cuando divisé el segundo o tercer letrero con el nombre en una pared. El patrón se repetía... ¡y con qué gracia! Si tan sólo hubiera leído el Lonely Planet antes... en lugar del clásico poste con un letrero negro y letras blancas como los nuestros, estas placas se ubican en las paredes de los antiguos edificios de las avenidas y hermosas callejuelas madrileñas, como el de la "Calle de la Escalerilla de Piedra" en la Plaza Mayor, de estilo "antiguo" y cuidados detalles como la tipografía de sus inscripciones, otorgándole otro aspecto singular a la identidad de esta capital. Es una ciudad que merece mayor tiempo, caminarla más, admirarla más, "beberla" más y conocer más de su gente (¡si somos tan parecidos!)... creo que es un lugar ideal para el romance y filmar una película. Ahora Madrid es algo más que el nombre del "bar" de la calle Campos de Deportes donde me emborrachaba cuando era estudiante...
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