
La alemana pasea su música ante espectadores formados en un ambiente de respeto y aprecio por las expresiones artísticas; la chilena tiene que vérselas muchas veces con personajes mal educados (flaites con cartón) que no paran de hablar e interrumpir mientras canta. La rubia trabaja con una infraestructura de primer mundo en todos los escenarios en que actúa; la morena debe darse vueltas en pequeños escenarios, incómodos la mayoría, pero llena de energía para tocar.
La europea tiene un público objetivo de casi 100 millones de germano-hablantes; la chilena, más de 400 millones de personas divididas por sus cerrados mercados artísticos de países que no aceptan el acento distinto de sus vecinos, sin olvidar a un gran porcentaje de seres que tiene la cabeza puesta en Estados Unidos más que en su propia cultura hispano-parlante. Sin embargo, a pesar de estas circunstancias tan desiguales, ambas imponen sus repertorios con seguridad, creatividad y muchísima dulzura. Al pulsar play sólo te dejas llevar por buenas canciones. En ese “escenario”, ambas “compiten” con igualdad...
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